miércoles, 29 de febrero de 2012

QUINO COCINA: Flan de Naranja

Cocinar es comunicarse.
Da igual si cocinas para ti o para otro. Si ese otro es importante o un desconocido. Si lo amas o lo odias o te es indiferente... Con la comida nos comunicamos.
Cuando cocinamos para nosotros mismos nos acercamos a lo que somos en el fondo de nuestro ser. Por contra, hacer de comer para alguien denota nuestra intención de cuidar a alguien o incluso de descuidarlo, podemos pretender enamorar a nuestro comensal, o al menos que nos reconozca el trabajo que hemos hecho. Además, las personas que comen algo que hemos cocinado aprenden algo de nosotros. Se enteran de si somos buenos o malos, cariñosos o frios, descuidados, limpios, sucios, intelectuales, soñadores, prácticos, o si simplemente tratamos de agradar o somos pavos reales que buscamos una sorpresa por parte del comensal o un reconocimiento. En definitiva, es un acto de comunicación.

Hacer una receta es contar una historia. 
Nos comunicamos a través de nuestros platos y las recetas que preparamos son las historias que contamos. Puede tratarse de un capitulo más dentro de un relato mas grande o una historia corta, intensa, tal vez pasional, que dejará (o no) un recuerdo en ambas personas. Y como todo buen relato, está dividido en partes. La idea de encontrar una receta que estabas buscando u otra que te sorprende ya es de por si un prólogo. El desarrollo del plato es el nudo de la historia, independientemente de que sigamos esa receta buscada o improvisemos cocinando, el desarrollo de la misma es un cuento de superación, de pasos, de tiempos de espera, de frustraciones y triunfos y al final con una enseñanza para lo bueno y para lo malo.
Y el cuento de hoy, con el que empiezo en es pop, mamá... es sobre un Flan de Naranja (tenga o no moraleja).

Yo lo único que quería era hacer un postre rápido para el menú diario que hago en mi restaurante.
Nada más fácil que unas natillas, si la gente supiera lo fáciles y baratas que son, Danone no volvería a vender ni una: Un litro de leche, una vaina de vainilla, se cuece todo hasta que empiece a subir y se deja templar. Después, en un bol aparte, se mezclan (con una varilla, a ser posible) dos cucharadas soperas de maizena, cuatro cucharadas generosas de azúcar y cuatro yemas de huevos medianos. Se vierte la mezcla sobre la leche templada después de rescatar la vaina de vainilla, se vuelve a poner a fuego flojo y se remueve con la misma varilla hasta que se espese. Se reparte en unos boles y se deja enfriar… riquísimo.

Pero esa mañana no tenía boles, no tenía vainilla y si una urgencia terrible por hacer un postre, tenía unos moldes de acero para flanes, así que me dije, ¡mezclemos!, y de esta manera, mi relato se convirtió en un cuento dentro de un cuento.

Cocí un litro de leche con canela en polvo (ni si quiera la tenía en rama), y a falta de limón (no, tampoco había), le metí la piel entera de una naranja mediana. Lo único que tenía para verter la mezcla, eran moldes de acero. Pensando que iba a ser muy cutre que mis clientes se lo comieran directamente del vasito de metal, habría que ingeniárselas para sacarlos de ahí y presentarlos. Para asegurarme de que no se me fuera abajo todo al desmoldar le incluí un par de hojas de gelatina antes de echar el engrudo de la yema, la maizena y el azúcar y cubrí el fondo de los moldes con caramelo líquido… lo repartí todo y…

Desenlace.
No es un flan, aunque lo parezca, no son natillas, porque llevan gelatina, y tiene un aroma a naranja que te golpea la campanilla cada vez que te metes una cucharada en la boca. La textura es suave, como de natilla, pero consistente, como de flan… en fin fresquito y con un punto de nata: un final perfecto para un almuerzo, o un dulce estupendo para merendar.

Posted by Quino Cocina.

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